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lunes, 30 de junio de 2014

De vaivenes e intermitencias

Estaba sentada en una silla de mimbre negra, acolchada , sobre un pie. La brisa del atardecer me explicaba que mañana sería fresco. El olor a lluvía distraía mis pecados atrayendo a los recuerdos de una noche calurosa.

Respirándome el humo de la ilusión , por haberme dejado su huella en la piel, sonreí de nuevo. Meses atrás encerrada en la mazmorra de mi castigador, la perdí de vista. 

La resignación. No hay horizonte más extraño, hueco y vacío que ese. Tengo miedo de caminar por esa línea milimétrica entre la aceptación de los hechos y Ella. Me siento una trapecista de circo haciendo equilibrismo entre las dos. Camino despacio, tentando con un pie y luego el otro la cuerda que me sostiene.

Mantengo al castigador a raya, hambriento de sangre. Lo alimento con chuletas de palabras bonitas, con churrasco de hechos que me regalan provocados por un espejo. Aunque su dieta es flexible y moderada para no despertar monstruos peores. 

Me limito a soñar que es gratis. Corro por escenarios venideros y me cuelo bajo la alfombra de la autodeterminación, como una pelusa caprichosa, para quedarme allí meses e incluso años. Viajo con una mochila onírica a lo Doraemon, con inventos estrambóticos para alcanzar el equilibrio de este estado emocionante que no quiero perder. Aunque soy consciente de que esto va de vaivenes e intermitencias, sigo resistiéndome a dejar de seguir feliz, ilusionada y en paz.

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