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domingo, 28 de diciembre de 2014

El paraguas rojo

María salió del trabajo nerviosa. Había pasado la noche en vela escuchando la tos de su hijo de cuatro años. Era noche buena y no paraba de llover. Diez minutos más se convertían en una contrarreloj hasta el colegio de Nico. El limpiaparabrisas no alcanzaba a despejar el diluvio que sobrevenía la AP-7 y no podía despegar los ojos del minutero. Llegó al parking y después corrió hasta  la escuela. Eran las cinco y cuarto y ya no quedaban niños. Cuando entró a buscar a su hijo, Nico estaba con la cabeza baja y no sonrió al verla. Ella se sintió culpable. No llevaba paraguas y su casa estaba a dos manzanas. Nico ya tenía las mejillas sonrosadas; le puso la mano en la frente y calculó su temperatura con esa precisión mágica que sólo las madres poseen; treinta y ocho y medio. Salieron del colegio y Nico se enganchó a su pierna, no quería andar. Puso su bolso a un lado, la mochila al otro y se colgó la bolsa de la comida en la muñeca antes de levantar a pulso los 16 quilos del pequeño. El agua caló sus ropas en cuestión de segundos. La frustración que llevaba pegada a sus zapatos hizo que se le escapara la impotencia por los ojos. Caminó a paso rápido todo lo que pudo pero tuvo que parar a descansar bajo la lluvia los brazos entumecidos por el peso. Agachó la cabeza para tomar aire y el agua cesó. Sobre sus cabezas un paraguas rojo de lunares los refugiaba.

—llévate mi paraguas—le dijo una chica alta y morena a la que no había visto nunca.
—No, tranquila—contestó con ese orgullo incomprensible del que puede con todo.
—Lo necesitas más que yo—insistió mirando al pequeño empapado y silencioso que escondía la cara en su cuello. Y salió corriendo.

María llegó a casa con la sensación de no estar sola en el mundo, como si nunca hubiera enviudado, como si los astros no se hubieran alineado nunca para desplazarla de esa vida cómoda y pensó que la encontraría como fuera, para darle las gracias y devolverle su paraguas de lunares. Ana, la desconocida, tuvo que correr hasta la estación. Acostumbraba a coger el tren de las seis menos cuarto, sin embargo la carrera hizo que acabara cogiendo el de las cinco y media. Tenía media hora de trayecto que aprovechaba para leer microcuentos que escribía Mario en su blog. Sacó el móvil y se puso a leer de pie. Tenía cuatro paradas hasta casa. El tren abrió sus puertas y una multitud subió atropelladamente. Alguien la empujó por detrás haciéndola chocar contra un asiento. Al girarse se encontró con Enrique García.

—¿Ana?
—¡Enrique! Cuántos años sin verte.
—Desde el instituto. ¿Cómo estás? Te veo muy guapa.

Hablaron en el trayecto hasta casa como si no hubieran pasado los años. Se bajaron juntos en la parada de Ana para tomar algo en el barrio y continuar charlando. Comprimieron los diez años que llevaban sin verse en dos horas y media, frente a dos cafés y dos tazas de té. Se intercambiaron los mails y los números telefónicos y luego cada uno se marchó a su casa. Cuando Ana entró en el portal a las siete y media ya oyó las voces. Se montó en el ascensor y picó en el número tres. Dentro se oía el barullo ahogado colándose por debajo de la puerta. El rellano estaba lleno de gente, vecinos, personas con chalecos fluorescentes del SEM y policías. Habían entrado a robar en los pisos del tercero. Mercedes, la anciana del tercero segunda, estaba tumbada en una camilla. Llevaba puesta una mascarilla y, al acercarse, pudo ver que tenía los ojos amoratados y sangre seca en la frente y en los labios.

—¿Vive usted aquí, señorita?—dijo uno de los agentes.
—Sí, en el tercero segunda.
—Entre y haga inventario de lo que le falta, luego tendrá que venir a declarar.

En ese momento se encontró con la puerta abierta de par en par. Se asustó. Cuando puso los pies en en el interior de su casa el caos que encontró se reflejó en su cara. Caminó por el piso incrédula y al ver el retrato de sus padres echo añicos por el suelo la hizo romper a llorar. Cogió boli y papel y anotó todos los desperfectos y los objetos sustraídos; el portátil, la televisión, la tablet y dinero entre otros. Se lo entregó al agente en el descansillo.

—Bien. Debería acompañarnos a poner la denuncia. Ha tenido suerte.
—¿Suerte?—dijo Ana, con ironía.
—Sí, mucha suerte. ¿Ha visto la cara de su vecina? El del primero salió en ambulancia hace rato por varias heridas de arma blanca.

Ana se tapó la boca con las manos y fue consciente entonces de su suerte. Fue a comisaría y realizó los trámites oportunos. Al salir, no sabía qué hacer y llamó a Enrique casi sin pensarlo. Pasaron juntos la noche. Dos años después Ana y Enrique tendrían su primer bebé.

El 24 de Diciembre Ana estaba contenta por pasar la Nochebuena con Enrique y sus padres. Eran muy mayores y por primera vez viajaban desde el pueblo para conocer a su nieto. Caminaba hacia la estación con el pequeño colgado en el porta bebés cuando empezó a llover. Se fue refugiando en los quicios de los establecimientos que pudo hasta que la calle desembocó en una plaza. Miró alrededor sin saber si esperar o echar a correr. Y entonces ocurrió. Como un milagro, una mujer desconocida caminaba hacia ella.

—Toma, usa mi paraguas.

Ana le sonrió, cogió el paraguas rojo de lunares y se fue sin mediar palabra. Se alejaron y después de varios metros ambas se giraron a la vez, empujadas por un hilo del destino del que hasta ese mismo instante no habían sido conscientes. Se miraron unos segundos. Ana señaló el paraguas y María asintió. La primera llegó a tiempo a conocer a sus suegros que esperaban emocionados en la estación. La segunda, María, dio pasos largos hasta casa, entró en portal y al llegar al rellano se encontró a la policía delante de su puerta abierta de par en par. Dos años después daría a luz a su segundo hijo.

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