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miércoles, 10 de diciembre de 2014

El Ajedrecista

Cuando era pequeño nunca pensé en dedicarme al Ajedrez. Y aunque las matemáticas siempre se me habían dado muy bien, uno no sueña con ese tipo de cosas. Yo quería ser astronauta o superhéroe como todos los niños. Me calzaba las botas de mi abuelo y el tapete descolorido y volaba por la casa mientras  mi madre me gritaba: “deja el mantel en su sitio, Jesús” y yo quería ser Superman. Ajedrecista. Dedicarme a ello no fue una decisión. Una jugada me llevó a la otra y en una partida inesperada del destino acabé dedicándome al deporte. Qué ironía. Yo, el listillo de la clase, patoso como ninguno, acabé teniendo licencia de deportista. Recuerdo un episodio en una exposición infantil en Nueva York con seis años. Mi madre, coordinadora de una galería de arte, había sido invitada a una exposición de juegos de mesa gigantes, en Madison Square Garden. Quiso darme una sorpresa después del trabajo tras haber estado toda la semana con la cabeza metida entre sus papeles. Aquel lugar me pareció enorme. Me solté de su mano y salí corriendo a ver aquel castillo de piezas de colores que parecía cobrar vida. El suelo estaba pintado de color verde y las paredes lucían un color naranja, muy vivo. Todo el recinto estaba lleno de niños que corrían y gritaban y saltaban. Miré alrededor con la boca abierta, pensando adónde ir primero. Los tres círculos de un dado gigante llamaron mi atención. Entré dentro para atravesarlo y al salir, di de bruces con el suelo. Oí chillar a mi madre y sentí el sabor de la sangre en la boca. Aquella escena, de tantas, acabó con tres puntos en mi labio inferior y el sentimiento de culpa de mi pobre madre. Por ese tipo de episodios me apodaron en la escuela “Jesús de trapo”.

Pero crecí y empecé a saltar como un caballo de ajedrez, sin dirección. Estudié matemáticas aplicadas y entonces empecé a interesarme más en serio por ello. Sin embargo, pronto monté mi propia empresa de estudios estadísticos y mi interés por ese deporte volvió a quedar en segundo plano. Y encontraría a la verdadera reina, la única capaz de ponerme en jaque.

Recuerdo aquel día a las puertas de la universidad. Todos sentados en pupitres, silencios, ansiosos por lo que estaba por venir. Llegué a las pruebas de selectividad con el estómago revuelto. Aun conservo en la mente las hileras infinitas de pupitres, perfectamente alineadas. Me parecían un tablero. Al terminar jugué a imaginar una partida. Yo iba a encarnar la pieza más importante, el rey, que iba a controlar el juego desde la  retaguardia. Los pupitres eran las casillas blancas mientras que los pasillos de parquet oscuro hacían de las negras. Había peones, esos estudiantes bajitos con cara de indiferencia. Me costó un rato dar con los alfiles, chicos espigados y esbeltos, con gracia. Las chicas de pelo largo recogido  con coletero representaban a los caballos. Las torres fue fácil decidirlas. Delante de mí, algunos chicos  eran auténticos castillos. Sólo faltaban las reinas. Desde la penúltima fila de toda la sala buscaba a la mía. La del contrario la decidí contando 21 en línea recta, pero como no había tantos pupitres tuve que saltar para acabar allí donde había una chica. El azar quiso que fuera una chica morena de cabello corto, con un pañuelo morado al cuello. Los minutos pasaron deprisa sumido en aquel juego imaginario. Cuando el tiempo estaba a punto de concluir la encontré. Por fin, justo detrás de mí, apareció mi última pieza. Micol era una joven Palestina que quería estudiar derecho internacional. Llevaba un pañuelo de gasa verde que le tapaba el pelo. Me sorprendió su sonrisa amplia, sincera, incluso diría que descarada. Y sus ojos. Unos ojos capaces de hacer recorrer el mundo entero tras ella a cualquiera. Al salir de allí comenzamos una amistad o al menos esa fue mi tapadera durante casi toda la carrera.

La amé. La amé con toda mi alma. Tras varios años de amistad encubierta, empezamos una relación furtiva. Ella vivía con su madre y su abuela pero sólo hasta que terminara los estudios. Ese detalle lo descubriría más tarde. Yo empezaba a montar mi proyecto de futuro, mi propia empresa. Tuvimos muchos problemas familiares y Micol me puso en jaque. Desapareció de mi vida. La busqué por todos los lugares que frecuentaba. Me volví loco. Un amigo en común después de encontrarme tirado un bar borracho y desesperado, me confesó que se había marchado a Gaza. 
Fue entonces cuando retomé el ajedrez. Pasaba las horas sumido en largas y parsimoniosas partidas que utilizaba como barrera entre la mente y el corazón. El Ajedrez se convirtió en una obsesión. Vivía el ajedrez. Soñaba con la invasión del rey, con los peones luchando contra los del contrario, con los alfiles bailando como locos por el tablero sin rumbo fijo. Soñaba que perdía una y otra vez aquella pieza alta y majestuosa. Soñaba que perdía a Micol.

Empecé a ganar torneos y hacerme un nombre en el ajedrez. Aún no sé en qué momento empecé a convertirlo en profesión. Estuve cinco años dando vueltas moviendo ficha alrededor del mundo. Y acabé vendiendo la empresa a la directiva porque dejó de interesarme y me causaba problemas en mis ausencias. Pero a Micol nunca la olvidé. Ni a su sonrisa amplia, sincera e incluso descarada.
Como cada año, celebraba en secreto el aniversario de la primera vez que la vi entre aquellos pupitres. Rememoraba las veces que, a escondidas, pasaba la noche en mi piso.  Cuando aporrearon a la puerta me levanté con olor a whisky caro y poco equilibrio.

—¿Jesús Blanco?—preguntó el cartero extendiéndome un sobre.
—Sí. ¿Qué es?
—Carta certificada, señor. Firme aquí.—señaló un recuadro en blanco y me puso el bolígrafo en la mano.

Firmé con la convicción de que aquello no era para mí pero cogí la carta y cerré la puerta. Nunca imaginé encontrar lo que había dentro. En todos los años pasados había pensado en muchas cosas. Había soñado y me había flagelado con tantos autoreproches para encontrar una respuesta a su huída. Pero jamás en lo que se me reveló en aquel sobre. 
Me senté de nuevo en la butaca de piel marrón. Solté el sobre encima de la mesita donde todavía reposaba la botella. Volví a ponerme dos dedos de whisky y le di un trago. Mientras el líquido bajaba por mi garganta derramé una lágrima por Micol. Esos aniversarios se convertían en una tortura premeditada que año tras año me recordaba lo miserable que era mi vida. Cogí el sobre y lo observé. No llevaba remite pero el sello, me abofeteaba. Un círculo y una paloma con las alas abiertas me azotaba. Abrí el sobre con las manos temblorosas. "¿Qué broma es esta?" Me dije. Saqué del interior un recorte de periódico. Era una foto de un niño en bicicleta, entre ruinas. Vestido con un pantalón negro y una camiseta azul, pedaleaba la bicicleta rosa mientras a su espalda otro niño, de rojo, lo observaba alejarse. Al principio no lo entendí. Fue cuando fijé la vista en los edificios derribados que la bandera palestina me alertó. Y entonces lo vi claro. Acerqué el papel arrugado a mis ojos y miré a aquel niño. Su sonrisa era amplia, sincera, incluso diría que descarada.

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